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domingo, 27 de febrero de 2011

BRUCE CHATWIN : PATAGONIA.




(Sheffield, 1940-Niza, 1989) Arqueólogo y escritor británico. Tras estudiar arqueología en la universidad escocesa de Edimburgo, en 1973 encontró empleo como corresponsal de viajes para el periódico The Sunday Times. Años más tarde abandonó el trabajo para realizar una serie de largos viajes, que darían pie a sus novelas. En ellas se combina la fascinación por la vida nómada y la comprensión de la fragilidad humana. Ha escrito: El virrey de Ouidah (1980), En la colina negra (1982), Las líneas de la canción (1987) y Utz (1988).

Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como una región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. La palabra "Patagonia", como Mandalay o Tombuctú, se instaló en la imaginación occidental como metáfora del Final. El punto más allá del cual nadie podía ir. Por cierto, en el primer capítulo de Moby Dick, Melvilla usa "patagónico" como calificativo de lo remoto, lo monstruoso y lo fatalmente atractivo:
Además, los desiertos y lejanos mares por donde revolvía su masa la isla; los indescriptibles peligros sin nombre de la ballena; todas estas cosas, con las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos, contribuyeron a inclinarme a mi deseo.

Paul y yo fuimos a la Patagonia por muy diferentes razones. Pues si bien es cierto que somos viajeros, la verdad es que somos viajeros literarios. Cualquier referencia o analogía literaria consigue exitarnos tanto como un animal o planta raros; y así coincidimos en algunos de los casos en los que la Patagonia conmovió nuestra imaginación literaria.
A ambos nos fascinan también los desterrados. Aunque el resto del mundo reventase mañana, aún encontraríamos en la Patagonia un asombroso mosaico de las nacionalidades del globo, yodas las cuales han ido a parar a esas "cimas finales del exilio" por la sola razón aparente de que estaban allí.
En la Patagonia, en un día cualquiera, el viajero puede encontrar a un galés, a un terrateniente inglés, a un hippy de Haight-Ashbury, a un afrikáner, a un misionero persa de la religión Bahai o al archidiácono de Buenos Aires en gira de bautismos anglicanos.
O puede dar con personajes como Bautista Díaz Low, domador de caballos y anarquista al que conocí cerca de Puerto Natales en el sur de Chile: y quien, con sus propias manos, se había hecho una estancia en medio del húmedo bosque. Me sorprendió su conocimiento, un tanto embrollado, de la expedición del Beagle: no porque hubiese leído algún libro sobre el tema o tan siquiera supiese leer, sino porque su bisabuelo, el capitán William Low, había sido piloto de Darwin y de FitzRoy a través de los canales. Fue toda una generosidad por su parte atribuir a su "sangre británica" su coraje y absoluto mal genio.
Los primeros que viajaron a la Patagonia se equivocaron de medio a medio al tomarla por la Tierra del Diablo. En primer lugar, el continente estaba habitado por una raza de gigantes: los indios tehuelches, que vistos más de cerca resultaron menos gigantescos y menos feroces que su reputación y son, posiblemente, quienes le dieron a Swift su modelo para los toscos pero afables habitantes de Brobdingnag.
La Patagonia era también una tierra de extrañas aves y bestias. "Pen-gwing" es, al parecer, una expresión galesa equivalente a "pájaro incapaz de volar"; los marineros isabelinos tenían la superstición de que los pájaros bobos eran las almas de sus camaradas ahogados; y en el siglo XVII, sir John Narborough, al visitar Puerto Deseado los describió como "erguidos niñitos de delantal blanco juntos en compañía". Estaba el cóndor que, de algún modo, fue confundido con el águila de Zeus y la roca de Simbad el marino; y fue cerca de las costas de Tierra del Fuego donde el capitán Shelvocke, un corsario inglés del siglo XVIII, vio un albatros.

Los cielos estaban perpetuamente ocultos por deprimentes nubes espesas… se diría que era imposible que ninguna criatura viviente pudiese subsistir en un clima tan severo; y por cierto… no habíamos avistado ni un solo pez de ninguna especie… ningún ave marina, salvo un desconsolado albatros negro… revoloteando a nuestro alrededor como si se hubiese perdido, hasta que Hatley (mi segundo capitán) al observar, en uno de sus ataques de melancolía, que ese pájaro revoloteaba siempre cerca de nosotros, se imaginó, a causa de su color, que podía tratarse de algún mal presagio y finalmente, al cabo de varias tentativas infructuosas, mató al albatros, confiando (tal vez) en que después, tendríamos viento favorable.

Naturalmente, ese texto, antes leído por Wordsworth y luego por Coleridge, se convirtió en este otro:

En niebla o nube, en mástil o en velamen
Se posó nueve ocasos;
Mientras toda la noche, en blanco humo de niebla,
Refulgía la blanca claridad de la luna.

¡Dios te salve, ho anciano marinero
de los demonios que te acosan tanto!
¿Por qué miras así? Con mi ballesta
yo derribé el albatros.

Tampoco contribuyó el final del siglo XIX a disipar la idea de que la Patagonia era un País de las Maravillas. En el instante en que científicos, como Darwin, rascaron el suelo, descubrieron que era un cementerio de huesos de mamíferos prehistóricos, algunos de los cuales se creyó que seguían vivos. Asimismo encontraron bosques petrificados, lagos efervescentes y glaciares de hielo azul que se deslizaban a través de selvas de hayas australes.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Los 10 mandamientos del Mate


El buen cebador de mate sabe cuáles son las reglas a seguir para lograr un mate perfecto. El que no las conozca, que lea esta nota y agende lo que jamás debe hacer bajo ningún concepto, si quiere que otros cebadores lo respeten.

El que no haga caso a los siguientes mandamientos, que se atenga a las consecuencias.

1. No usar azúcar ni edulcorante
Esto es un pecado mortal. El mate es amargo, y punto. Toda otra variante es un plan cobarde para ablandarle la boca a una bebida que es recia y rica, tal y como la da la naturaleza. Sino, probá ponerle azúcar a las aceitunas o a la espinaca, a ver cómo te queda.

2. No revolver la bombilla
La bombilla no es una palita para arreglar la yerba y levantarla cuando el mate está lavado. A pesar de que hay gente que les gusta palanquearla para generar un agujerito en las profundidades del mate, la bombilla no se toca.

3. Nunca soplar por la bombilla
Se sabe de gente que, cuando el mate está duro, sopla para mejorar el tránsito de la bombilla, pero no hay nada más desagradable ni desconsiderado: el mate no es un clarinete, y además lo llenás de microbios que el otro no tiene por qué beberse.

4. Jamás cebar con agua hervida
Cebar un mate con agua hervida es un delito que merece la pena capital, ya que de esa forma la yerba se quema y queda amarga como la carqueja. Un buen cebador, escucha la pava y siempre sabe cuándo el agua está lista.

5. Cortar el mate con agua fría de la canilla
Otra acción que merece la horca. El cloro del agua corriente hecha a perder el gusto del mate y ya no tiene retorno. Si el agua te quedó muy caliente, esperás a que se enfríe, sin chistar.

6. Nunca convidar un mate frío
Esto es una señal de desprecio y equivale a ofrecerle un plato de pescado podrido a quien tiene hambre. Antes que cebar con agua fría, el buen matero rehace la partida: calienta el agua, cambia la yerba y ceba desde cero una nueva ronda, para no desdeñar a nadie y conservar el amor propio.

7. Bajo ningún concepto reusar la yerba
A ver si nos entendemos: cuando un mate ya dio todo el sabor crudo del pasto y aportó su amargo revitalizante, esa yerba ya no sirve más. Nada de volver a cebarlo conservando la que estaba abajo en el mate. El matero de ley no vuelve a usar la yerba: tira todo y arranca otra vez.

8. No incursionar en mezclas new age
¿Qué es eso de combinar el mate con poleo, muña muña, o cáscara de naranja? El mate ya tiene sabor suficiente, señores. Si no les va, cambien la marca de yerba. Pero eso de andar buscándole “funcionalidades” –que haga bien a los huesos, al tránsito lento, a la presión- no es propio de esta bebida, sino de jarabes.

9. Nunca chupar el mate ajeno
Esto equivale a robarle a alguien su porción de asado. Fijate, en una ronda de materos, para que el mate llegue lejos, pasa por varias manos y ninguna tiene derecho a cortar el trayecto y robar el turno. Es una gruesa afrenta, que en tiempos de gauchos se solucionaba con facón.

10. Dejar migas en la bombilla
Esto sí que es de pésimo gusto. Si todos sabemos que el mate es una costumbre bastante promiscua y hasta poco higiénica, debemos cuidar el aspecto del ritual para no hacerlo aún más asqueroso. Si se toma mate con bizcochos, antes de beber hay que limpiarse la boca. ¿O a alguno le gusta compartir una gaseosa con “pescaditos”?

domingo, 24 de octubre de 2010

Y LLEGARON HUYENDO...


Por Pavel Oyarzún Díaz
En la noche del 9 de diciembre de 1921, doce hombres llegaban al territorio de Magallanes, tras cruzar, de a caballo, el cerro Centinela, en plena zona de Lago Argentino. Venían huyendo del infierno. Tenían precio sobre sus cabezas. Un precio muy bajo, digamos, el de un guanaco. Eran los últimos sobrevivientes de una huelga que terminaba para ellos en una derrota sin gloria. El último núcleo de anarquistas que salía huyendo de la llanura en donde habían querido fundar el paraíso en la tierra. Porque aquella huelga que declararon a los cuatro vientos, no fue una huelga más, no fue sólo por unas cuantas monedas, sino que por la revolución, por el socialismo. Eran hombres de fe, que ahora le daban cuerda a la desesperación en su escapatoria a los pies del cadalso. Parecía mentira. Sólo unas cuantas semanas antes, eran los dueños de toda la provincia de Santa Cruz, Patagonia argentina. Cruzaron la pampa fría con el credo revolucionario en la boca, buscando hermanos para la causa. Y los hombres los siguieron. Formaban grandes grupos de jinetes alzados. Y la palabra huelga se esparció por todo el territorio, en cada estancia ganadera, en los galpones de esquila y en los corrales, en cada huella de tierra, vadeando los ríos, palmo a palmo de la llanura, en kilómetros a la redonda. Y mírenlos ahora. Era de no creerlo. De todo el movimiento huelguístico sólo quedaba una cifra imprecisa de muertos, el imperio acerado de una ley marcial, y centenares de sobrevivientes que jamás volverían a rebelarse en sus vidas, tampoco lo harían sus hijos, ni los hijos de sus hijos.

Entre los escapados iba Antonio Soto Canalejo, líder máximo de la huelga. Español, de veinticuatro años de edad, nacido en El Ferrol *, en ese vértice de tierra, al noroeste de la península Ibérica, que es Galicia. El hombre más buscado de la Patagonia. El enemigo público número uno para la Liga Patriótica, la Iglesia, los estancieros y el gobierno de la provincia. Un anarquista de tomo y lomo, sin duda. Tras ellos, en la estancia La Anita, a esa misma hora, se mataba que era un gusto. La gran mayoría de los ovejeros, en la asamblea del día anterior, había decidido entregarse a las tropas del 10 de Caballería, al mando del capitán Viñas Ibarra, con la ilusión de que no haya fusilamientos. Soto Canalejo casi perdió la voz diciéndoles, más bien gritándoles a todo pulmón que debían pelear, que no era posible claudicar a esas alturas de la vida y de la muerte. Pero la suerte estaba echada. Los ovejeros votaron por la claudicación, a mano alzada. Entonces decidió largarse de allí, huir hacia Magallanes, hacia Chile. Le siguieron once de sus compañeros. Los demás, la inmensa mayoría, esperaron la entrada de los soldados. Lo hicieron en completo silencio, y en aparente calma. Luego, sólo sabrían de insultos, arreos y culatazos. Más tarde, sabrían de fosas abiertas por sus propias manos, tomas de distancia, ubicación en el punto de mira, órdenes de fuego, llegada de proyectiles. Todo muy rápido. Y todo era cierto, porque las balas de los Máuser no mienten. Aún así, permanecían impávidos, silentes hasta la médula. No intentaron nada. Ni siquiera lloraban. Parecía que no creyeran lo que les estaba pasando. Que sólo se trataba de un sueño protervo. Tal como si no se dieran cuenta de que eso y no otra cosa era la muerte.

Llegando así, como llegó Antonio Soto Canalejo a Magallanes, cumplía, sin saberlo quizás, con una especie de ley meridional. Llegaba huyendo. Y a estas tierras hacía ya varias décadas que los hombres llegaban huyendo o a cumplir una condena indecible. Escapados del hambre, de la guerra, de los estragos de la existencia, de la miseria congénita, de la mala fortuna, de lo que sea. Qué se puede ir a buscar al fin del mundo, si no es acaso borrar el pasado de una plumada, a golpes de viento; intentar ser otro, inventarse una vida. No obstante aquello, el gallego Soto era el más derrotado de los que llegaron al territorio magallánico, porque venía huyendo de una derrota total, que lo desbordaba, que la hacía inmensurable. Era una fe derribada. Un intento de revolución caído a pedazos, y en cuyo derrumbe había hombres, centenares de hombres habitando esos pequeños abismos que son las fosas, y sin embargo insondables en sus tinieblas duras, donde yacían con sus ojos y bocas, y con sus corazones pacíficos después de todo, tapiados por la tierra más fría del mundo, a escasa profundidad, pero para siempre. Aunque le hubiesen dicho al gallego Soto que los anarquistas eran borrados del mapa en todas partes; que la década de 1920 era la década destinada para los golpes finales a los anarcosindicalistas en Estados Unidos, en Europa, en América del Sur, esto no habría servido de consuelo para él, no habría abrevado en aquella fuente la sed de su angustia. Era un hombre joven, creía en la revolución. Era un anarquista, y por lo tanto, sabía que lo posible no es digno de fe; entonces, pedía lo imposible. Se le iba la vida en ello.

A pesar de la ceguera que provoca una fuga desesperada, Antonio Soto Canalejo y sus compañeros creían llegar a una buena tierra para su causa. En Magallanes no sólo salvarían el pellejo, sino que además encontrarían hermanos que pondrían sus vidas en la misma balanza. Y esa era la pura y santa verdad, como se dice. El territorio austral, el último en ser anexado al Estado de Chile en el continente, tan solo sesenta y ocho años antes, y a duras penas, vio crecer, como una planta extraña, la idea anarquista, que dio pábulo a la Federación Obrera de Magallanes, la organización sindical más poderosa de la que se tenga memoria en el cono sur americano. Más aguda y más audaz en su ideario que la misma Federación Obrera de Chile, fundada por Luis Emilio Recabarren, en el norte del país, en 1909. Fue algo estrambótico, realmente. Hombres que se reunían y conspiraban como podían, bajo los preceptos de la revolución social, del fin del capitalismo, del hombre nuevo. Era una locura. Un crisol de voluntades revolucionarias, que le declaró la guerra al Estado, a la Iglesia, a los reyezuelos de la industria ganadera, a los santos, los profetas, los poderosos. Pero no sabían nada de táctica y estrategia. Querían dar una guerra al Capital con unos cuantos revólveres Smith & Wesson. Y los amos de esta tierra, que en la Europa de donde salieron no habrían pasado de ser fundadores de una nobleza de opereta, príncipes enanos a fin de cuentas, recogieron el guante, y dieron con ellos en la caterva, les hicieron morder el polvo y la sangre. Se les adelantaron. Veían un poco más. Les bastó con un par de asonadas de tropas y policías, para dar por finalizada la época de las huelgas, los episodios de la subversión. En unas cuantos días terminaron con esa pequeña Comuna de París que fue Puerto Natales, en enero de 1919, y le bastaron algunas horas más de la madrugada del 27 de julio de 1920, para reducir a cenizas el local de la Federación Obrera en Punta Arenas. Así cayeron, entre las paredes y vigas calcinadas de la sede sindical, las intenciones de hacer de Magallanes un territorio liberado, una república popular o algo por el estilo. Luego, las persecuciones pertinentes, los encarcelamientos necesarios, las torturas a tiempo, los fondeos de hombres todavía con vida en las aguas del famoso estrecho de Magallanes, la recuperación del orden público, el imperio de la obediencia, el dictamen de las buenas intenciones. Y entonces las personas de bien, pudieron, por fin, respirar tranquilos en los salones, en los templos de culto, en los cuarteles.

Los fugitivos llegaban un año y medio tarde, y eso era mucho tiempo, para una causa urgente como la anarquista. Salvaron la vida, por cierto; pero cayeron directo a una tierra apagada para la revolución. Para el gallego Soto, comenzó otra historia. Tuvo que permanecer oculto, luego salir de polizón hacia el norte de Chile. Él quería regresarse cuanto antes a las llanuras de Santa Cruz. Quería continuar la batalla, tal como aquella tarde del 7 de diciembre fatídico, cuando le clamaba a sus compañeros que se fueran con él a los montes, y desde allí continuar con su guerra proletaria. No sabía bien si de guerrillas o de qué tipo, pero seguir en la contienda, como hombre bravío que era. Se quedó sin regresar, hasta diez años después, y eso ya eran siglos. Volvió a la provincia de Santa Cruz, que una vez fue su suya - es un decir- fue su propio y humilde Palacio de Invierno. Pero llegó a otra historia, a otro tiempo. No le reconocieron. Fue negado cien veces. No había memoria entre su gente, solo había miedo en grandes cantidades.

Ahora, escribo esto a unos cuantos años de que se cumplan un siglo de ocurridos los hechos. Un poco más de veinte años, y veinte años no es nada. Confieso que lo hago con la displicencia que da el tiempo transcurrido. Aún así ajusto mi sombra a este fragmento de historia de la Patagonia. Lo hago porque siento que se trata de un episodio trunco, inacabado. Quizás como lo son todos los episodios que protagonizan los hombres. Sólo a los dioses les son destinadas, en las escrituras, escenas resueltas de verdad, porque se imaginan eternas. Sin embargo, en nada cuenta que a mí los dioses me parezcan absurdos, porque en la historia de la muerte son imbatibles. Más sigo el hilo de este breve episodio patagónico, porque me atañe directamente. Después de todo, he nacido aquí, en el confín de la Tierra, donde tuvieron lugar estos hechos. Le podría dar, con cierta ayuda, un orden cronológico bastante exacto, establecer una secuencia, pormenorizar a diestra y siniestra, pero me seguiría pareciendo que le falta algo; no sé, tal como decía Goethe acerca de la historia de Napoleón, y uso estas palabras sólo como referencia; sentimos como si debiera haber en ella algo más, pero no sabemos qué. Fin de la cita. Y es tal cual con respecto a este jirón de tiempo, al derrotero de este hombre indócil, que vio un día arder todo el mundo a su alrededor. La historia de Antonio Soto Canalejo se me antoja inconclusa para él y para todos los que intentaron llegar al paraíso en la tierra, declarando la huelga general y a lomos de caballos. Quizás faltó en la Patagonia de aquellos hombres algo de ferocidad insurrecta, de instinto homicida, de esa transmutación cruenta que hace a los hombres pasar de víctimas a victimarios. No sabría decirlo. Ahora todo sería conjeturas, cálculo de probabilidades, estrategias de salón. No pienso caer en esa impudicia. Sólo me resta afirmar, y corro el riesgo de la aventura, que cuando Antonio Soto Canalejo y sus compañeros llegaron al territorio de Magallanes, con toda su bravura a cuestas, en este rincón austral, la siempre frágil llama de la rebeldía popular ya estaba apagada por completo, ya había caído en la cuenta del miedo pánico, ya la Idea de los anarquistas estaba sepultada bajo siete palmos de olvido puro; es decir, tierra muerta; y que desde entonces, en Magallanes, o más preciso que eso aún, en la Patagonia, la domesticación de los hombres, hasta nuestros días, es un hecho objetivo. Desde entonces, salvo las excepciones de rigor, mansedumbre, obediencia ciega, mirada ovejuna. Basta con decir que el mismo Antonio Soto Canalejo dejó sus huesos en la ciudad de Punta Arenas, no sin antes convertirse, con los años, en un ciudadano correcto, con nombre y domicilio conocidos, en un padre de familia ejemplar. Nada que agregar.

* El Ferrol, la misma localidad española en la que nació, en 1892, alguien a quien, Soto Canalejo habría conocido en sus años de infancia: Francisco Franco.
Fuente: http://mirandoalsur.blogia.com

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA LEYENDA DEL CALAFATE


En lo que ahora es Magallanes y mucho tiempo antes de que aquellas tierras fueran colonizadas, vivían allí dos grupos de aborígenes: los tehuelches y los onas. Al parecer, y de acuerdo con lo que dice la leyenda, los onas eran muy mirados en menos por los tehuelches, y si así no hubiera sido, nada hubiese sucedido.

Resulta que el jefe del aikén tehuelche tenía una hija bellísima, la cual era su orgullo y alegría. Esta jovencita llamábase Calafate y tenía unos maravillosos ojos dorados. Para mal de sus pecados sintiéndose en todo superiores a los onas, era costumbre tehuelche que, al cumplir la mayoría de edad, algún joven ona fuese consagrado por el brujo del pueblo.

El joven ona que llegó al aiken para serlo resultó ser tan guapo y tan garrido que Calafate, con solo verlo, se enamoró locamente de el y él de ella. Este gran amor echó raíces en ambos: decidieron huir, sabiendo que sus dos tribus no aceptarían su unión. En un lugar lejano ambos levantaron su choza: pero alguien supo de los planes y sin perder un segundo le comunicó al jefe y padre de Calafate.

De acuerdo con su tradición, la vida del joven ona era sagrada en las presentes circunstancias; por lo tanto el jefe intentó convencer por otros medios a Calafate de apartarse del ona y olvidar a su bien amado. ¡Todo fue en vano! ¿Cómo su hija, siempre siempre dócil y respetuosa de su padre y de las leyes de su tribu, ahora se mostraba tan rebelde e indómita?

Convencido de que aquéllo era obra del Gualiche, la deidad maligna, hizo venir a la bruja de su tribu y le ordenó que impidiera la huida de los enamorados, hechizando a Calafate, pero que sus maravillosos ojos dorados siguieran mirando su aikén, fuese cual fuese el hechizo.

Ni corta ni perezoza, la bruja la transformó en un arbusto que, cada primavera, se cubre de flores doradas, las que parecían contemplar el paraje donde conoció a su amado. El joven ona la buscó en vano por toda la región, hasta morir de pena.

La bruja, al darse cuenta del daño que había causado, hizo que esas flores, al caer, se convirtieran en un dulce fruto de color púrpura. Y ese fruto es el corazón de la hermosa tehuelche.

(Leyenda Tehuelche, Chile)

Fuente: Leyendas de siempre, Bibliográfica internacional